
RV es una asociación cultural que pretende dar un impulso a la cultura, en sus diversas manifestaciones, en nuestra localidad de Rivas, n constante expansión. En este blog encontrarás artículos de opinión de algunos de nuestros socios y simpatizantes, como un rasgo más que define nuestra identidad, señalada por el diálogo y el enriquecimiento mutuo.
23 dic 2009
12 dic 2009
Regala Cultura (A - H)
Bora Cosic, El papel de mi familia en la revolución mundial. Esta breve novela que cuenta las vicisitudes de una familia en la ciudad de Belgrado en la década de los años 40, fue publicada en 1969 en una edición artesanal. Un mes después, consiguió el premio literario más importante de Yugoslavia. Cosic (1932) describe el microcosmos de una familia unida, pero muy especial. Su obsesiva madre tiene frecuentes crisis nerviosas; su padre tiene una desmedida afición al alcohol; su tío es un mujeriego empedernido; y su abuelo transmite en sus comentarios un divertido y afilado cinismo. Aunque la familia del joven narrador no es ni modélica ni ejemplar, sí que transmite un generoso orgullo de lo que significó la familia en aquellos especiales años. (Minúscula. 151 págs. 13,50 €.).
Carmen Riaza Molina, Recuerde el alma. La autora se ha documentado a fondo sobre la vida del poeta Jorge Manrique (1440-1479). De hecho, sólo ha “novelado ligeramente algunas situaciones de la vida familiar y cotidiana”. Riaza cuenta muy bien los sucesos históricos de aquella época compleja, en la que la familia de los Manrique destaca por su lealtad y honradez. Junto a esto, trata de introducirnos en la intimidad del gran poeta-guerrero y de mostrar sus dudas, sufrimientos, su sensibilidad en medio de su agitada vida, y cómo poco a poco fueron fraguándose sus inmortales Coplas a la muerte de su padre. (Cultivalibros. 194 págs. 14 €.).
Eudora Welty, La hija del optimista. En esta novela se cuenta la inesperada muerte del juez McKelva. Para atenderle durante la enfermedad, acude su hija Laurel. Y será Laurel la que lleve el peso de la narración, pues a través de ella asistimos a los funerales y al entierro; a su tensa relación con la segunda mujer de su padre, Fay, más joven que Laurel, una mujer caprichosa y de escasa educación; y, sobre todo, al encuentro de Laurel con su pasado. Welty tiene una peculiar manera de contar las cosas: no abusa ni de la nostalgia. Además de esta novela, también se ha editado Cuentos completos, volumen en Lumen que contiene sus cuatro libros de relatos. (Impedimenta. 232 págs. 18,27 €.).
Fernando Iwasaki, España, aparta de mí estos premios. De ascendencia japonesa y afincado en Sevilla desde hace más de veinte años, Iwasaki (Lima, 1961) juega en esta obra con estrambóticas situaciones envueltas en “incorrección política”, que ponen en solfa la hipertrofiada actividad pseudo literaria que trata de vestir con un ropón cultural la actuación de tantas asociaciones y organismos, que convocan estos premios sólo porque la cultura está de moda. Iwasaki emplea un procedimiento ingenioso y desternillante, tras el que trasluce la mirada de compresión propia de un sanísimo humor. Nadie podrá sentirse herido: ni catalanes ni vascos, ni andaluces, sevillistas o béticos, sean de derechas o de izquierdas o “antisistema”. (Páginas de Espuma. 160 págs. 15 €.).
Fred Chappell, Me voy con vosotros para siempre. Escrita como si se tratasen de los recuerdos infantiles del narrador, esta divertida novela cuenta la infancia de Jess en una granja de Carolina del Norte. Allí viven su padre, ocurrente y gamberro, su madre, que ejerce de maestra, y la abuela, que lleva el control de la granja. La última persona que se integra en la vida familiar, es Johnson Gibbs, un adolescente huérfano que contratan como bracero. Jess describe la vida doméstica en la granja, salpicada de desternillantes y ocurrentes anécdotas protagonizadas por sus excéntricos familiares. (Libros del Asteroide. 240 págs. 17,95 €.).
Humphrey Slater, El conspirador. Nacido en 1906 en Inglaterra, la vida de Slater estuvo marcada por la Guerra Civil española. Ingresó en el Partido Comunista y combatió con las Brigadas Internacionales. Como tantos otros, esta experiencia propició un radical desengaño del comunismo. En España se han publicado ahora sus primeras novelas: Los herejes (1947), con el trasfondo de la guerra civil; y El conspirador (1948). En ésta se cuenta el matrimonio entre la joven Harriet y Desmond, comandante de la Guardia de Granaderos, que lleva una doble vida. La novela comienza con el enamoramiento de los dos personajes, con escenas un tanto tópicas y algunas subidas de tono. Pronto, sin embargo, la acción se centra en las actividades secretas de Desmond como espía para los soviéticos y las cada vez más tensas relaciones con su mujer. (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 216 págs. 16 €.
Regala Cultura (J - M)

Jean Giono, El hombre que plantaba árboles. Conocido sobre todo por su novela El húsar sobre el tejado, Giono (1895-1970) es el autor también de esta breve y sencilla historia sobre el amor a la naturaleza que ha tenido una importante difusión, también en España. En él crea un entrañable personaje, Elzeard Bouffier, pastor solitario en la altiplanicie fronteriza con los Alpes, que consigue su felicidad plantando con paciente perseverancia miles de árboles con los que logra convertir aquel páramo en una tierra agradable y fecunda que se irá poblando de esperanzados campesinos. (Duomo. 62 págs. 8 €.).
Jetta Carleton, Cuatro hermanas. Primera y única novela de Jetta Carleton (1913-1999), publicada en 1962. Cuenta la vida de una familia que vive en una granja y que, a mediados de los cincuenta, vuelven a coincidir un verano. Aunque sus vidas han tomado diferentes derroteros, esos días regresan a la infancia y conviven con las costumbres y los trabajos campestres que realizaron durante tantos años. Pero el presente no se entiende sin conocer qué ha sucedido en el pasado. Para ello, la autora reconstruye el entramado doméstico, familiar y social donde han transcurrido sus vidas. La vida en la granja tiene sus muchos momentos agradables, pero también se describen las crisis. (Libros del Asteroide. 416 págs. 21,95 €.).
John Fante, Llenos de vida. El protagonista es un guionista de éxito que trabaja para la Paramount, tiene treinta años y espera su primer hijo. En cierto momento pide ayuda a su padre para unas reparaciones en el hogar. Su casa, símbolo de su nuevo estatus de bonanza económica, se viene abajo por las termitas. Su mujer se prepara para convertirse al catolicismo. Con tan poco material, Fante compone una buena historia, pinta extraordinariamente varios caracteres, hace reír, emociona y convence. (Anagrama. 157 págs. 15 €.).
Jordi Soler, La fiesta del oso. Soler (Veracruz, 1963) es autor de varias novelas relacionadas con la Guerra Civil. En ésta, se sirve de una historia familiar –la desaparición en los Pirineos de Oriol, el hermano de su abuelo, cuando estaba a punto de acabar la Guerra Civil-, para emprender una investigación sobre su paradero. La versión oficial de la familia es que había fallecido, aunque nunca se encontró e cadáver; pero los hechos, de manera inesperada, ofrecen otra posibilidad que Soler, con aplomo, con categoría, con una original estructura narrativa, convierte en una apasionante narración que se desplaza de la Guerra Civil hasta nuestros días. (Mondadri. 160 págs. 16,90 €).
Laurent Gaudé, La puerta de los infiernos. En un tiroteo callejero, Pippo, el único hijo de Giuletta y Matteo, un taxista napolitano, recibe una herida mortal. Giulietta, destrozada, pide a su marido que le devuelva a su hijo; mientras, Matteo sólo se ve capaz de recorrer sin rumbo la ciudad con su taxi vacío. Sin embargo, todo cambia cuando en uno de sus recorridos se encuentra con un estrafalario grupo humano que tiene una tertulia en la que sale a relucir la existencia en el subsuelo de Nápoles de una puerta de entrada al mundo de los muertos; esa creencia desata la energía de la esperanza de Matteo que emprenderá una entretenida aventura fuera de lo normal. (Salamandra. 247 págs. 15 €.).
María Gudín, Hijos de un rey godo. Continúa Gudín el ciclo que inauguró con La reina sin nombre ambientado en el Reino de Toledo, siglos VI y VII. A los personajes reales de la casa báltica se añaden otros de ficción que conectan a los godos con las tribus celtas cántabras y astures. En el centro de esa relación se encuentra la copa sagrada, que otorga a su poseedor un amplio poder, siempre que se trate de una persona justa y de noble corazón. Hijos de un Rey godo es una historia sobre el poder, que puede corromper a seres ambiciosos pero que puede también ejercerse con justicia. Como su predecesora, es una muestra de que se puede hacer buena novela histórica sin recurrir a todo lo peor de lo que hemos sido capaces hasta ahora los hombres. (Ediciones B. 632 págs. 22 €.).
Mary Ann Shaffer y Annie Barrows, La sociedad literaria y el pastel de patata de Guernsey. Interesante novela que recoge las cartas que recibe una autora, Juliet Ashton, de los miembros de una excéntrica sociedad literaria creada en Guernsey, una isla del canal de la Mancha, único territorio británico que estuvo bajo el poder de los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. La acción transcurre en 1946, en una Inglaterra que a duras penas se recupera de las secuelas dejadas por la guerra. Novela amable que ofrece un interesantísimo retrato de tipos humanos. (RBA. 304 págs. 15,50 €.).
Regala Cultura (N - Y)

Oakley Hall, Warlock. En 1880 Warlock es la encarnación del Salvaje Oeste: vaqueros, mineros, el juez, el doctor, las chicas del salón, el telégrafo, diligencias, cantinas, cuatreros, tahúres, apaches, polvo y revólveres. Esta magnífica novela sólo se parece al western comercial en la ambientación. Warlock no es ficción barata sino gran literatura. Oakley Hall (1920-2008) escribió sin duda en 1958 una trepidante e intensa novela moral, un microcosmos de todas las pulsiones humanas. La auténtica frontera en la que viven sus personajes no es entre Estados Unidos y Méjico, sino entre el bien y el mal. (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. 687 págs. 23 €.).
Sergio Lechuga Quijada, Calix. Novela centrada en si el santo Cáliz de Valencia es el mismo cáliz que usó Jesucristo en la última Cena. Después de la muerte de Franco, un funcionario pone por escrito un episodio que protagonizó: el año 1940 trabajó en una investigación sobre si el santo Cáliz de Valencia era o no el Grial, pues Himmler iba a viajar a España para buscarlo; de paso cuenta que, con ocasión de aquel encargo, pudo averiguar qué había pasado con su padre durante la guerra y conoció a la que sería su mujer. Relato bien escrito, con personajes creíbles, diálogos buenos y descripciones escasas. (Planeta. 461 págs. 20,50 €.).
Sherwood Anderson, Winesburg, Ohio. Acantilado empieza con Winesburg, Ohio la publicación de las obras completas de Sherwood Anderson (1876-1941). Se trata de una colección de cuentos sobre las andanzas del joven periodista George Willard, que bien puede leerse como una novela. Anderson explora el Medio Oeste americano tomando como referencia la vida de un pequeño pueblo. Los relatos hablan de un mundo que se está quedando atrás. Por sus páginas, desfilan numerosos seres desplazados, que viven en los márgenes y bandean entre la realidad y el deseo, hasta que asumen finalmente su soledad. (Acantilado. 256 págs. 20 €.).
Sloan Wilson, El hombre del traje gris. Tom, casado con Betsy, es un hombre apagado, gris, sin ilusión, como tantos otros de su rango social. Betsy está cansada de la casa y del barrio e imagina que viviendo en otra casa será más feliz; pero con el sueldo de Tom no hay mucho que hacer. Así que Tom consigue un trabajo mejor remunerado. La obra, publicada en 1955, plantea una situación muy común, también hoy en día: la de quien puede alcanzar el éxito profesional, aunque a costa de su vida familiar. (Libros del Asteroide. 400 págs. 21,95 €.).
Vasili Grossman, Años de guerra. Tras el éxito de sus novelas Vida y destino y Todo fluye, se publican por vez primera en un volumen los escritos que Grossman escribió durante su etapa como corresponsal de guerra del Ejército Rojo, especialmente durante la batalla de Stalingrado. El volumen incluye sus crónicas, muy leídas y valoradas en aquellos años; su novela El pueblo es inmortal, que publicó por entregas en 1942 y que consiguió el premio Stalin; y algunos relatos. Incluye también El infierno de Treblinka, la crónica que escribió cuando liberaron este campo de prisioneros judíos y que sirvió de prueba en los juicios de Nuremberg. Un buen complemento de este libro es Un escritor en guerra, del historiador Anthony Beevor, quien recupera las notas personales que Grossman utilizó cuando era corresponsal de guerra para escribir el material que después, tras la intervención de la censura personal y la política, se publicó más elaborado y tamizado en la prensa rusa y que es el que ahora recoge Años de guerra. (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg. 640 págs. 22 €.).
Wallace Stegner, En lugar seguro. Novela que cuenta la larga amistad entre dos matrimonios de profesores universitarios norteamericanos. Los Lang y los Morgan hacen todo lo posible por salir adelante en medio de unas circunstancias normales, con los problemas y dificultades laborales y familiares que tiene todo el mundo. Escrita por Larry Morgan, profesor y escritor, a pesar de la aparente falta de sustancia, el relato de sus vidas resulta apasionante tanto por la calidad literaria como por las vidas de los protagonistas. Publicada en 1987, la novela retrata una auténtica y generosa amistad. (Libros del Asteroide. 392 págs. 21,95 €).
Yoko Ogawa, La fórmula preferida del profesor. Este libro, el más popular de la japonesa Yoko Ogawa (1962), ha sido premiado por diferentes sociedades matemáticas, pues el entusiasmo por las matemáticas forma parte de su argumento. Sin embargo, lo decisivo es la historia en sí misma: a partir de uno de sus trabajos como asistenta, la narradora y su hijo de diez años empezaron una relación muy especial con un anciano profesor de matemáticas que, a consecuencia de un accidente, tenía una autonomía de memoria de ochenta minutos. Las vidas cotidianas de los personajes se despliegan con calma y emoción contenida. (Funambulista. 299 págs. 13,95 €)
21 sept 2009

¿Enseñanza de la religión en la escuela pública?
A menudo se discute sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública, que algunos proponen suprimir alegando que es contraria a la laicidad del Estado, incluso si es voluntaria. Pero hay otro asunto, más acuciante en la práctica, que baja el debate de las alturas constitucionales al terreno de la calidad educativa. El hecho es que muchos alumnos apenas saben religión, y la cuestión que se debería plantear con más urgencia es si la laicidad es compatible con la incultura.
Para quien no conoce el cristianismo y no tiene al menos nociones elementales de mitología clásica, los museos de Occidente son en gran medida como un libro cerrado. Lo comprueban a su pesar los profesores de historia del arte, a los que llegan promociones cada vez peor preparadas. Su queja no es que los chicos no hayan leído el preceptivo Gombrich, sino que no han abierto la Biblia.
A esta laica ignorantia está dedicado un reportaje de Rafa Julve en El Periódico de Catalunya (20-04-2009). El periodista recoge el lamento de profesores como Teresa Vicens, que enseña iconografía medieval en la Universidad de Barcelona: “En los 30 años que llevo dedicada a la docencia, he notado un gran descenso de cultura religiosa por parte de los alumnos que llegan a la universidad. Esa falta de base afecta negativamente a las posibilidades de aprender algunas épocas y obras, porque es necesario conocer la historia religiosa como cualquier otro hecho cultural”. Así, precisa, uno de los problemas más graves de estos jóvenes es que no tienen la más mínima idea de las cuestiones básicas de la Biblia... incluso hay algunos que no acertarían a explicar quiénes son Adán y Eva”.
La misma profesora cuenta otro caso extremo, aunque por desgracia no excepcional, de incultura religiosa entre los estudiantes: no pocos, dice, “ni siquiera saben por qué se celebra la Semana Santa”. A eso precisamente tiende la política implantada en el colegio de educación infantil y primaria Cervantes, de Barcelona. Allí se titula oficialmente “vacaciones de invierno” y “vacaciones de primavera” a lo que en escuelas menos cuidadosas con la laicidad siguen llamando Navidad y Semana Santa (cfr. El Periódico de Catalunya, 12-04-2009).
Este newspeak laicista recuerda al almanaque de los revolucionarios franceses, con la desventaja de que resulta aún más ridículo. Semejantes eufemismos no pueden eliminar la realidad que intentan silenciar. Algún día un alumno avispado preguntará por qué también tienen vacaciones en las mismas fechas los niños del hemisferio sur. Como en el reportaje mencionado al principio advierte Josep Maria Escolà, profesor de cultura clásica en la Universidad Autónoma de Barcelona, contra el laicismo radical que pretende borrar la huella de la religión en la sociedad: “No se puede anular una tradición”. Y Laura Torralbo, profesora de arte catalán medieval en la misma universidad, recalca que las ideas religiosas “forman parte de nuestra formación antropológica; no se puede obviar que nuestra cultura es cristiana”.
Respeto parcial a las sensibilidades
Por su parte, la directora del colegio Cervantes justifica la medida diciendo que se ha adoptado para “no herir sensibilidades” de personas con otras creencias; en particular, se ha querido hacer “un guiño para las familias laicas de Cataluña, que cada vez son más”. También los jóvenes ignorantes son cada vez más, como lamentan los profesores universitarios citados arriba, y el número seguirá creciendo merced a colegios como ese, donde por mor de la separación entre Iglesia y Estado, se aparta a los alumnos del patrimonio cultural común. Con la censura impuesta allí a lo religioso, los chicos difícilmente podrán entender las obras del escritor que da nombre a su escuela.
En cuanto al deseo de no herir sensibilidades, es llamativo que tal delicadeza rara vez se usa con los cristianos. Otro ejemplo reciente es de Estados Unidos; lo comenta Gary Bauer, que fue vicesecretario de Educación en la época de Ronald Reagan, en The Christian Science Monitor (22-04-2009).
Bauer se refiere a un estudio publicado el año pasado por Gilbert Sewall, director del American Textbook Council, sobre lo que se enseña acerca del islam en las escuelas públicas del país. Al revisar los libros de texto más usados para las clases de historia en secundaria, Sewall detectó mucha cosmética, claramente pensada para no herir sensibilidades musulmanas. Bauer considera comprensible que en temas delicados como ese, en la escuela se ponga mucho cuidado para no ofender a nadie. Así, dice, los libros de texto “deben afirmar la piedad y la caridad que practican centenares de millones de musulmanes en el mundo, y lo mismo deben decir de los cristianos”. El problema es que los manuales maquillan u omiten los temas controvertidos.
Por ejemplo, el término yihad no significa solo “guerra santa”, aunque muchos islamistas radicales lo usen para presentar su empeño, también si incluye acciones terroristas, como una causa noble inspirada en el Corán. Pero un difundido manual de secundaria define la yihad solo en su acepción espiritual: “hacer todo lo posible para resistir la tentación y vencer el mal”. Tampoco se puede identificar sin más la sharía con la discriminación de la mujer y las amputaciones para castigar a convictos de robo u otros crímenes; pero en distintas épocas y lugares se ha aplicado y aplica así. Sin embargo, un libro de texto revisado por Sewall dice solamente que la sharía “fija recompensas por buen comportamiento y penas por delitos”.
La tendenciosidad de tales eufemismos resulta evidente cuando se los compara con lo que esos mismos libros dicen del cristianismo. Según uno de los manuales, las Cruzadas fueron “guerras religiosas que los cristianos europeos emprendieron contra los musulmanes”. Pero cuando son musulmanes los que atacan y toman territorios de cristianos, se trata de la “formación de un imperio”. Con esas contorsiones de la historia, el deseo de evitar prejuicios anti-musulmanes puede acabar fomentando incomprensión hacia los cristianos. La verdad abierta y honestamente buscada es el cimiento de la convivencia entre diferentes.
