21 sept 2009


¿Enseñanza de la religión en la escuela pública?

A menudo se discute sobre la enseñanza de la religión en la escuela pública, que algunos proponen suprimir alegando que es contraria a la laicidad del Estado, incluso si es voluntaria. Pero hay otro asunto, más acuciante en la práctica, que baja el debate de las alturas constitucionales al terreno de la calidad educativa. El hecho es que muchos alumnos apenas saben religión, y la cuestión que se debería plantear con más urgencia es si la laicidad es compatible con la incultura.

Para quien no conoce el cristianismo y no tiene al menos nociones elementales de mitología clásica, los museos de Occidente son en gran medida como un libro cerrado. Lo comprueban a su pesar los profesores de historia del arte, a los que llegan promociones cada vez peor preparadas. Su queja no es que los chicos no hayan leído el preceptivo Gombrich, sino que no han abierto la Biblia.

A esta laica ignorantia está dedicado un reportaje de Rafa Julve en El Periódico de Catalunya (20-04-2009). El periodista recoge el lamento de profesores como Teresa Vicens, que enseña iconografía medieval en la Universidad de Barcelona: “En los 30 años que llevo dedicada a la docencia, he notado un gran descenso de cultura religiosa por parte de los alumnos que llegan a la universidad. Esa falta de base afecta negativamente a las posibilidades de aprender algunas épocas y obras, porque es necesario conocer la historia religiosa como cualquier otro hecho cultural”. Así, precisa, uno de los problemas más graves de estos jóvenes es que no tienen la más mínima idea de las cuestiones básicas de la Biblia... incluso hay algunos que no acertarían a explicar quiénes son Adán y Eva”.

La misma profesora cuenta otro caso extremo, aunque por desgracia no excepcional, de incultura religiosa entre los estudiantes: no pocos, dice, “ni siquiera saben por qué se celebra la Semana Santa”. A eso precisamente tiende la política implantada en el colegio de educación infantil y primaria Cervantes, de Barcelona. Allí se titula oficialmente “vacaciones de invierno” y “vacaciones de primavera” a lo que en escuelas menos cuidadosas con la laicidad siguen llamando Navidad y Semana Santa (cfr. El Periódico de Catalunya, 12-04-2009).

Este newspeak laicista recuerda al almanaque de los revolucionarios franceses, con la desventaja de que resulta aún más ridículo. Semejantes eufemismos no pueden eliminar la realidad que intentan silenciar. Algún día un alumno avispado preguntará por qué también tienen vacaciones en las mismas fechas los niños del hemisferio sur. Como en el reportaje mencionado al principio advierte Josep Maria Escolà, profesor de cultura clásica en la Universidad Autónoma de Barcelona, contra el laicismo radical que pretende borrar la huella de la religión en la sociedad: “No se puede anular una tradición”. Y Laura Torralbo, profesora de arte catalán medieval en la misma universidad, recalca que las ideas religiosas “forman parte de nuestra formación antropológica; no se puede obviar que nuestra cultura es cristiana”.

Respeto parcial a las sensibilidades

Por su parte, la directora del colegio Cervantes justifica la medida diciendo que se ha adoptado para “no herir sensibilidades” de personas con otras creencias; en particular, se ha querido hacer “un guiño para las familias laicas de Cataluña, que cada vez son más”. También los jóvenes ignorantes son cada vez más, como lamentan los profesores universitarios citados arriba, y el número seguirá creciendo merced a colegios como ese, donde por mor de la separación entre Iglesia y Estado, se aparta a los alumnos del patrimonio cultural común. Con la censura impuesta allí a lo religioso, los chicos difícilmente podrán entender las obras del escritor que da nombre a su escuela.

En cuanto al deseo de no herir sensibilidades, es llamativo que tal delicadeza rara vez se usa con los cristianos. Otro ejemplo reciente es de Estados Unidos; lo comenta Gary Bauer, que fue vicesecretario de Educación en la época de Ronald Reagan, en The Christian Science Monitor (22-04-2009).

Bauer se refiere a un estudio publicado el año pasado por Gilbert Sewall, director del American Textbook Council, sobre lo que se enseña acerca del islam en las escuelas públicas del país. Al revisar los libros de texto más usados para las clases de historia en secundaria, Sewall detectó mucha cosmética, claramente pensada para no herir sensibilidades musulmanas. Bauer considera comprensible que en temas delicados como ese, en la escuela se ponga mucho cuidado para no ofender a nadie. Así, dice, los libros de texto “deben afirmar la piedad y la caridad que practican centenares de millones de musulmanes en el mundo, y lo mismo deben decir de los cristianos”. El problema es que los manuales maquillan u omiten los temas controvertidos.

Por ejemplo, el término yihad no significa solo “guerra santa”, aunque muchos islamistas radicales lo usen para presentar su empeño, también si incluye acciones terroristas, como una causa noble inspirada en el Corán. Pero un difundido manual de secundaria define la yihad solo en su acepción espiritual: “hacer todo lo posible para resistir la tentación y vencer el mal”. Tampoco se puede identificar sin más la sharía con la discriminación de la mujer y las amputaciones para castigar a convictos de robo u otros crímenes; pero en distintas épocas y lugares se ha aplicado y aplica así. Sin embargo, un libro de texto revisado por Sewall dice solamente que la sharía “fija recompensas por buen comportamiento y penas por delitos”.

La tendenciosidad de tales eufemismos resulta evidente cuando se los compara con lo que esos mismos libros dicen del cristianismo. Según uno de los manuales, las Cruzadas fueron “guerras religiosas que los cristianos europeos emprendieron contra los musulmanes”. Pero cuando son musulmanes los que atacan y toman territorios de cristianos, se trata de la “formación de un imperio”. Con esas contorsiones de la historia, el deseo de evitar prejuicios anti-musulmanes puede acabar fomentando incomprensión hacia los cristianos. La verdad abierta y honestamente buscada es el cimiento de la convivencia entre diferentes.

13 sept 2009

Los valores morales

Se habla de crisis de valores y se habla de la moralidad o la eticidad como de algo privado, que pertenece y depende de cada persona. Para poder referirse a la moralidad como algo privativo de cada uno, sería necesario saber de qué estamos hablando, o sea, tenemos que tener una noción de eso que decimos que es privado. Por eso querría avanzar una definición de valor moral, para, desde ella, discutir si verdaderamente los valores poseen universalidad o si, por el contrario, son individuales o privados.

Si quisiéramos una definición de valor moral podríamos decir que es aquello por lo que vivimos y, en ese sentido, lo que nos hace vivir mejor, o sea, más humanamente. Para una definición más precisa diríamos que los valores son dignidades de las cosas, de las actividades y de las realizaciones de las personas y, sobre todo, de las propias personas, que se descubren y se ponen de manifiesto mediante la actividad cultural.


Lo valioso moralmente es lo que nos acerca más al modelo de humanidad que poseemos, aquello por cuya consecución vale la pena ponerse en acción; en ese sentido lo valioso es lo digno, lo que vale la pena; con una peculiaridad muy especial: lo digno a la vez me dignifica. El mejor ejemplo de lo valioso es aquello que amamos y que, siendo para nosotros lo que posee más dignidad, nos dignifica a nosotros; por eso aquello de lo que nos sentimos más orgullosos es aquello que amamos, y amar lo más digno, lo más amable implica hacernos dignos. Podríamos decir a este respecto algo así como dime lo que amas y te diré quién eres. Por eso lo valioso ha de escogerse de entre las muchas baratijas que a menudo se nos ofrecen (aquello que proporciona el éxito, la
popularidad, el aplauso, la comodidad …). Lo más valioso es justamente la persona humana; cuando se habla de la dignidad de ésta se alude a su valor. Si creemos que la dignidad de la persona es intocable es porque estamos convencidos de que posee un valor incalculable, no cuantificable.

Los valores tienen una vocación de universalidad, pretenden ser abrazados por todos porque se supone que humanizan de suyo. Parece que la amistad no puede hacer daño a nadie, a menos que la propongamos desde un punto de vista ideal, no real. Si alcanzásemos a dar una definición lo suficientemente completa y ajustada de la amistad, de la solidaridad o del afán de superación personal, si llegásemos a poder definirlas esencialmente, parece que esos valores servirían de ideales de vida, o sea, serían realmente valores. Tal es la peculiaridad fundamental del valor moral, su idealidad no los convierte en partes de una teoría, sino en modelos de acción práctica.