28 ene 2012

An Education



An Education es una espléndida adaptación del relato de Lynn Barber

La protagonista es Jenny, una inteligente y culta joven de 17 años, residente en un tranquilo suburbio de Londres y que ha sido formada por sus sencillos padres en el trabajo, la exigencia personal y el afán de superación. En el año 1961, su vida da un vuelco cuando conoce a un hombre de 35 años, que la corteja con elegantes cenas y viajes, poniendo en peligro su futuro en la Universidad de Oxford.

El sutil guión de Nick Hornby se basa en los relatos autobiográficos que la periodista Lynn Barber publicó en la revista literaria Granta. Sin efectismos melodramáticos ni toscas concesiones a la galería, Scherfig prosigue su personal indagación de los traumas del hombre y la mujer contemporáneos. Se muestran las limitaciones y miserias de una educación rigorista -que entierra la alegría de vivir en un agotador voluntarismo sin alma- y también de las del materialismo hedonista, iniciado en los años sesenta, que acaba por animalizar al ser humano, dando rienda suelta a los instintos más primarios, sin ningún autocontrol y ahogando los afanes más espirituales y duraderos en fugaces satisfacciones puramente físicas.

Esta sólida antropología se sitúa a contracorriente de lo políticamente correcto, sobre todo por su decidido elogio de la familia, su explícita aceptación de una naturaleza humana objetiva -frente al subjetivismo moral- y su implícita apertura a lo trascendente. Un enfoque, claro, que llena de sugerentes matices dramáticos a todos los personajes, especialmente a la protagonista, magistralmente encarnada por la londinense Carey Mulligan, una actriz llamada sin duda a convertirse en estrella. El resto del reparto le da la réplica con vigor, lo que unido a una esmerada resolución fotográfica y musical, hace una pequeña gran película, que confirma a Scherfig como una de las mejores cineastas actuales.

26 dic 2011

Regala cultura con Humor


E.F. Benson, Reina Lucía
Publicada en 1920, es la primera novela de las seis que Benson (1867-1940) escribió de la saga Mapp y Lucía. Todas están inspiradas en la pretenciosa y relamida burguesía rural británica asentada en el “encantador pueblo insignificante” de Riseholme. Entre sus habitantes sobresale Lucía, la auténticareina, pues ella es quien controla todas las actividades sociales. Pero pronto empiezan a ocurrir cosas que ponen en cuestión su reinado y que dan lugar a no pocas situaciones cómicas. (Impedimenta. 352 págs. 22,75 €).

Nancy Mitford, Trifulca a la vista
Esta novela publicada en 1935, comienza cuando Noel Fuster recibe una herencia de una tía lejana. Con ese dinero, decide buscar una mujer para casarse. Acompañado de un aristócrata venido a menos, se trasladan a una pequeña localidad para cumplir con su propósito. Pero las cosas se enredan en una comedia costumbrista sobre el amor y el matrimonio. A diferencia de las obras más conocidas de Mitford (1904-1973), es más ligera y frívola, aunque incluye una crítica al fascismo. En ella ya aparece el tono irónico que luego la hará famosa. (Libros del Asteroide. 240 págs. 18,95 €).

Iraj Pezeshkzad, Mi tío Napoleón
Deliciosa novela, una historia de amor entre adolescentes, como un detalle más de un retablo esperpéntico en el Irán de los años cuarenta del siglo XX. Las figuras centrales son el Querido Tío (obsesionado con Napoleón) y su criado, Mash Qasem, que se cree las historias fantasiosas del amo y las fomenta. El Querido Tío es el mayor de un conjunto de hermanos que viven en casas contiguas, en un Teherán donde el islamismo no está reñido con el alcohol ni con el amor. (Ático de los Libros. 716 págs. 29,95 €).

Kenneth Cook, El koala asesino
El hilo conductor de estos relatos son las inverosímiles aventuras que corre el protagonista de la mano de personajes extravagantes, que ponen al autor en serios aprietos por su relación con algunos animales de la fauna australiana. El tono es muy divertido. (Sajalín. 213 págs. 18€)

25 oct 2011

¿Dolor?


Normalmente la vida se desvela a la persona en la juventud, con toda la riqueza y plenitud de sus potencialidades, impulsando la búsqueda de metas más altas que den sentido a la misma.

Así se comienzan a materializar unos proyectos

Por eso, cuando el dolor aparece en el horizonte, también aparece el desconcierto y quizá la pregunta: ¿Puede seguir siendo grande la vida cuando irrumpe en ella el sufrimiento?

Sin embargo la experiencia nos dice que la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana

Los enfermos, los excluidos, los discapacitados, nos hablan, ante todo, de la dignidad de cada vida humana. La grandeza de la dignidad humana del otro nos debería llevar a mirar al otro con ojos limpios, para darle, además de las cosas externas que precisa, la mirada de amor y apoyo que necesita. Pero esto solo es posible, si la propia vida del que quiere ayudar está fundamentada en el otro como nos lo podría explicar cualquiera que haya tenido la experiencia de ayudar a disminuir el dolor en el otro.

Esta experiencia proclaman la grandeza a la que debería dirigir su vida cada persona: compadecerse y acompañar por amor a quien sufre.

Por otro lado, el que da es testigos del bien inmenso que constituye la vida de los enfermos, los excluidos, los discapacitados para quien está a su lado y para la humanidad entera. De manera misteriosa pero muy real, su presencia suscita en nuestros corazones, frecuentemente endurecidos, una ternura que nos abre el entendimiento a los valores profundos de la vida humana. Ciertamente, la vida de estas personas cambia el corazón del que intenta ayudar.

Nuestra sociedad, en la que demasiado a menudo se pone en duda la dignidad inestimable de la vida, de cada vida, necesita entender esto: abrirse al necesitado es la forma segura de edificar la civilización sin exclusiones.

21 jun 2011



Las preguntas de los niños pueden dejarnos pensativos, o incluso mudos: hay muchas que parecen evidentes, hasta que intentamos responderlas.

Mediante diálogos y complicidades con el lector, el autor invita a mirar la realidad con ojos de curiosidad, sin miedo al dolor de cabeza: qué nos mueve a discutir, por qué son buenos los lunes, qué relación mantiene el tiempo con el reloj que lo mide, o qué porcentaje de realismo posee la persona optimista.

Óscar Pintado Fernández (Alcázar de San Juan, 1973) es licenciado en Filosofía por la Universidad de Navarra. Realizó sus estudios de doctorado en la Universidad de Málaga, y en la actualidad es profesor de Filosofía en un Instituto de Rivas Vaciamadrid. En clara deuda con su maestro, Jorge Vicente Arregui, sus publicaciones han girado casi siempre en torno a la Antropología Filosófica.

1 may 2011

La Cultura ¿una necesidad primaria?


La vida de una persona sin cultura es como una llanura desértica. La cultura nos facilita interpretar en clave de verdad la realidad del mundo que nos rodea. La cultura enriquece a la persona, le lleva a profundizar en sus raíces y en su historia. La cultura nos pone sobre la pista de nuestro pasado, nos hace valorar lo que ha sido nuestra andadura –la nuestra personal y la de toda la historia de la humanidad– y nos empuja hacia la verdad y, por ella, hacia la libertad.

Pero la cultura de una persona no se improvisa. Para llegar a tener un pensamiento profundo, unas valoraciones acertadas, unos principios claros, unas referencias ricas, es preciso dedicar a ello tiempo y esfuerzo.

Ser culto, además, no es simplemente saber muchas cosas, sino, más bien, tener una explicación coherente de lo que es el hombre y el mundo que le rodea. Lo importante no es tener muchos conocimientos, sino que esos conocimientos den una respuesta acertada a los problemas nuestros y de quienes nos rodean. Porque, de lo contrario, ¿de qué nos sirve tener muchos conocimientos, si luego resultan fragmentarios y contradictorios, si desconozco por completo la verdad que pueda haber en ellos?.

Para ser culto, para ir avanzando en esa lucha por cultivarse cada día un poco más, el hombre ha de tener un proyecto personal mínimamente definido. Cada uno ha de buscar una síntesis personal de sus intereses y necesidades en este sentido, y contribuirá así a forjar conscientemente su propia personalidad y su actitud ante la vida, y a esforzarse por superar la seductora mediocridad de esas subculturas –superficiales, anónimas, masificadas– que a veces parece que se nos quieren imponer, con una sutil y terca persistencia, y contra las que es preciso oponer una auténtica búsqueda de la cultura, de una cultura que realmente nos sirva para aprehender la realidad, vivir en ella y saber a qué atenernos.

La cultura ha de servir para interpretar correctamente la vida, para hacerla más humana, para descubrir sus posibilidades más genuinas y apuntar a sus más auténticas aspiraciones. El hombre no se agota en su biología, sino que tiene un mundo interior: puede ser sabio o ignorante, cultivado o tosco, lleno de luces o cubierto de sombras, ordenado o caótico, coherente o ilógico, puede buscar la verdad o sobrevivir como puede en el sórdido mundo del error, la ignorancia o la mentira.

Se trata de cultivar el propio mundo interior, sabiendo además que ese mundo siempre tiene luego su consiguiente reflejo en el exterior de cada persona. Y no sólo el carácter, sino hasta lo más aparentemente inmotivado del porte externo, como la mirada, los gestos, el rostro, el mismo tono de la voz, todo eso, es matizado, vivificado y mediatizado por el propio talante personal, por la propia forma de ser, que nace de lo más profundo del hombre y donde a la persona se le presenta la apasionante oportunidad de cultivarse, de proyectarse, de hacerse a sí mismo.